No conserves amistades que te tratan como un mueble, esperando sólo regresar al hábito de tu compañía.
No dispongas del tiempo de aquellos que lo usan para indisponerse, lamentándose a cada rato, como si se vieran en la obligación de pagarte con lágrimas.
No hagas creer a alguien que le necesitas, sólo porque él te necesite a ti y sientas que debas corresponderle.
No crees la necesidad de no defraudar a nadie, salvo a ti mismo.
No te creas necesario, tan sólo porque necesites compartir con alguien tu tiempo.
No ejerzas poder sobre nadie porque ese alguien no sepa estar solo; otra forma de soledad es poblarse de seres que uno toma por prescindibles.
No abuses de quien necesitas, no te debe su presencia y además, corres el riesgo de convertirte en su oreja; o de necesitar nuevo maestro.
No condenes a alguien a ejercer constantemente poder sobre ti, por cobardía u omisión; que su necesidad no te confunda. Si lo hace, no lo condenes, la necesidad será mutua.
No dudes de que siempre necesitarás a alguien y de que es a tu necesidad, adonde rindes exigencia.
Pero si pese a lo anterior, regalas desaforadamente tu tiempo y te pierdes, desganado, convencido bajo queja
de que a esa soledad no le quedarán otras,
haz cantar hondo su valor, en esa apuesta inmensa
que es contigo infinita.
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